dream song (vídeo)
elusive (vídeo)
sweet scented figure (vídeo)
elusive (audio)
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¿Alguna vez has ido a un concierto y la ceniza se te desplomaba del cigarro porque no podías atender más que al escenario? Pues eso.
Eso y una playa en marea baja. Y una hoguera que sigue humeando después de apagarse. Y el calor del oso en la cueva del oso cuando el oso ya lleva años muerto. Y el patio trasero de un emigrante retornado, tantos recuerdos olvidados desordenadamente amontonados. Y un gin-tonic a las puertas del invierno.
Eso y un piano bien dispuesto, y un guitarrista escondido, y un cantante gafotas.
Y unos bises inolvidables.
Y una Biblia en rústica.
Y dos huevos duros.
A.
Hace un año The Wedding Present regresaban como grupo después de un largo periodo de ausencia, aunque David Gedge había continuado su carrera con el grupo Cinerama. Sin embargo, este regreso no fue lamentable, como lo son la mayoría de reencuentros. Take fountain, es un buen disco que no difiere demasiado de la línea que el grupo mantuvo años atrás y eso se nota en el escenario. Los discos de The Wedding Present siempre han sonado a ellos mismos y a la vez siempre han tenido una evolución, y este último no iba a ser menos. La formación es la clásica de un grupo de rock, dos guitarras, bajo y batería. El sonido es también el clásico de un grupo de rock, nada nuevo, eso es cierto, pero el buen manejo de los elementos básicos, la experiencia y la coherencia de sus desarrollos, hacen que escucharlos en directo resulte muy gratificante, sobre todo ahora que es tan difícil escuchar un buen grupo de guitarras.
Las melodías que siempre fueron uno de sus fuertes, se mezclaban con la fuerza y la furia de las guitarras que dirigían los temas hacia torbellinos de cuerdas eléctricas que anestesiaban al personal. Tocaron temas de casi todos sus discos, por supuesto sus clásicos, algo de Cinerama y algo de material inédito. Todo muy medido y cuidado. David Gedge cambiaba su guitarra constantemente entre la media docena de ellas que tenía preparadas, pero la energía no decaía y la noche mantenía una atmósfera propicia de sonido abrumador. Acaban y se van. No hay bises. ¿Para qué? Ya lo han dado todo.
Curiosamente al final del concierto sólo se vendían discos de Cinerama, eso sí, David Gedge los custodiaba rotulador en mano.
Cuando acudes a un local a tomarte algo y al entrar te das cuenta de que hay alguien al fondo tocando algo de música entre los ruidos y las conversaciones, sueles sorprenderte para bien y el ambiente resulta agradable. Cuando acudes a un concierto y al entrar te das cuenta de que hay alguien al fondo tocando algo de música entre los ruidos y las conversaciones, sin posibilidad de acercarte más, sorteando camareros, lámparas y barras repletas de gente, entonces la sensación es bien diferente. Eso es lo que ocurrió en el concierto de Jonathan Richman, aunque llamarlo concierto se me antoja bastante pretencioso. Porque cuando vas a un concierto esperas que al menos puedas ver y oír con mediana claridad. La culpa posiblemente sea mía por acudir a un local de esas características pretendiendo lo que de sobra sé que no puede suceder en ese lugar.
Y así nos intentamos apañar entre tanta dificultad. Pero claro, teniendo en cuenta que además el protagonista del concierto estaba solamente armado con una guitarra acústica, una batería que funcionaba como fondo de las canciones y una serie de cachivaches y cascabeles a los que Jonathan Richman recurría constantemente, eso sí, abandonando la guitarra en esos casos, no fuera a ser que tanto despliegue musical, rebasara el límite de decibelios permitido, pues la tarea resultaba un tanto desesperante. Afortunadamente, la sala estaba llena de antiguos aficionados a la música que para gloria de todos ellos, se encontraron de nuevo tras varios años de reclusión y pudieron sacar los vinilos legendarios unos días antes para rememorar aquellos años y, sobre todo, demostrar su buen gusto musical no sólo a sus antiguos conocidos, también a los que por allí pasábamos y con la mano detrás de la oreja para distinguir a duras penas el sonido de las canciones, escuchábamos atónitos tanta leyenda juvenil y tanta sabiduría callejera.
A todo esto, el de la tarima, demostraba que ha abandonado su línea más naif para convertirse voluntariamente en un friki. Atrás han quedado los diferentes registros de sus primeros años con los Modern Lovers, ahora con un sonido ya bastante consolidado que resulta bastante sencillo y desprotegido, se ha convertido en todo un personaje autoalimentado por él mismo. Sus canciones sonaban como melodías frágiles en las que no faltaba una buena dosis de humor. Sus bailes eran esos que hacen los que nunca bailan, pero ya muy ensayados. Cantaba en italiano, en inglés y en un castellano de andar por casa. La mayoría de los temas que tocó pertenecen a su último disco “Not So Much to Be Loved as to Love”, aunque no faltaron algunos de los más clásicos. Pero sólo en su última canción la gente silenció sus conversaciones y sólo entonces se pudo apreciar lo que las circunstancias no nos habían dejado ver. Seguramente en un lugar decente para un concierto la sensación final hubiera sido bastante mejor.
Entre la sonrisa y la patada en el culo.
Vas a un concierto y te planteas cómo será, si estará a la altura de tus expectativas, si tocarán los temas que más te gustan, o cómo será el sonido. Esto es lo normal. Pero no sé por qué, cuando acudimos a ver a Calexico, estas cuestiones, no aparecían. Ibas con la tranquilidad de ir a un buen concierto, con la confianza de que ese tiempo allí metido, iba a resultar grato. La verdad es que todo ayudaba y aunque el lugar aún estuviese por descubrir, la cosa prometía. Así que nos metimos allí poco a poco casi a tientas. Sin esfuerzo, nos acomodamos en un buen lugar, justo al lado de las trompetas y a dos pasos de la barra, ya se sabe que estas cosas dan mucha sed. Además allí estaba reunida una buena parte de la plantilla de Fútbol de poetas, en caso de decepción, había un buen colchón donde apoyarse.
La cosa comenzó con la gente a medio gas, pero eso no duró mucho y enseguida el ánimo se aceleró. Los americanos tocaron un repertorio muy variado y no se centraron especialmente en ningún álbum. Se movían entre los temas más cercanos al rock de su última entrega y los que han marcado su sonido más característico. De los primeros no faltaron “deep down” o “all systems red” con un sonido contundente que sorprendió agradablemente. Iban alternando sus canciones sin asociaciones muy definidas lo que hacía que uno permaneciese atento. Abordaron magistralmente la versión de Love que ya casi han hecho suya “alone again or”. De sus mejores discos, “feast of wire” y “the black light” salieron los temas más aclamados, y cuando aparecían las trompetas, aquello tomaba un rumbo festivo que llenaba toda la sala. Su sonido típico, esa banda sonora renovada de película del oeste, que aúna nostalgia y alegría a partes iguales, contagió el aire durante toda la noche. Especiales fueron los temas con los que se despidieron, apostando por lo seguro llegaron al descanso antes de los bises con “crystal frontier” y el público que a esas horas estaba entregado se confundió entre bailes. Para rematar el último bis fue para “guero canelo” alargado para introducir en él, la letra de una canción de Manu Chao.
Cómo alguna voz cercana dijo: una noche perfecta.